Si después de llevar un tiempo realizando una dieta cetogénica, vemos que nos estancamos y resulta imposible perder más grasa, podemos intentar una modificación, que por lo menos a mí, me ha dado resultado.
Siempre se ha considerado a la INSULINA con una hormona un tanto malvada, pues cuando sus niveles son altos promueve que la glucosa circulante se convierta en glucógeno en el músculo (ésto es bueno) y en grasa en nuestro tejido adiposo (ésto es malo), en cambio el GLUCAGÓN ejerce el efecto contrario. Cuando los niveles de glucosa son bajos, promueve la lipolisis, al actuar sobre la Hormona Sensible Lipasa, encargada de hidrolizar los trigliceridos en ácidos grasos y glicerol. Mientras que los primeros se dirigen a la célula para ser oxidada (ciclo de beta-oxidación, para obtener Acetil-CoA, y luego ciclo de Krebs, para obtener ATP), el glicerol al llegar al hígado es transformado en glicerol-3-fosfato, luego oxidado a dihidroxiacetona, que finalmente es convertido en glucosa, (aunque también puede transformarse en Acetil CoA, y ser oxidado igualmente en el ciclo de Krebs.), y ésto a la hora de perder peso es MUY BUENO.